sábado, 17 de marzo de 2018

El minero soñador.



Bocamina del Socavón Barredo Mina Mariana. Mieres del Camino.

Muchas minas de carbón llevan nombre de santos, nombres de mujer, o de los topónimos donde están ubicadas. A una de estas minas, acudió a trabajar una muchacha, pensando que la coincidencia de su nombre con el de la mina, le traería buena suerte. Ambas se llamaban Mariana. Más el destino se vuelve a veces en contra de aquellos, que incluso en tan duro trabajo, ven una puerta abierta a la más elemental de las necesidades; comer. Otros, soñadores, buscan el simple bienestar, la prosperidad y hasta la felicidad.

El carbón que los picadores arrancan en aquella mina, llega a la zona de cribado donde se separan las porciones más grandes; suelen ser los estériles; madera y piedras principalmente, aunque también las hay de carbón, y todos han de ser retirados a mano. En sucesivas fases se clasifica por tamaños y se lava con agua a presión eliminando  polvo y tierra. Este agua con partículas de carbón que escapan de los tamices, irá a parar al río, río que se teñirá de negro, formará acúmulos o depósitos en los remansos, o será detenido por medio de trabancos. Ese mineral dado por perdido, lo sacarán del río los que no encontraron otro trabajo, a pala y con cestos, mujeres u hombres, con las  negras natas por las rodillas, lo llevarán pingando sobre la cabeza, lo amontonarán y pisarán para una vez compactado, consumirlo en sus casas, o venderlo de puerta en puerta.
Mariana trabajaba en uno de estos lavaderos, un trabajo ímprobo por un jornal de miseria y una jornada interminable. No le importa, el caso es llevar a casa unos reales.

El peligro de la mina no solo está dentro, también en el exterior, y aquella moza va a sufrir un percance: Una vagoneta le seccionará ambos pies. Entre lo que perdió y lo que el cirujano hubo de sanear, se le fueron todos los dedos y algo más.

Mariana está en el hospital. Pachu, el caballista ha ido a visitarla. Él ha sido testigo y primer auxiliador de la joven en el accidente. Se siente culpable de lo sucedido, aunque en realidad poca culpa tiene. Una falla del material de enganche, hace que se rompa un eslabón. La mula lleva quince vagonetas cargadas, camino del cargadero sube la rampa, pero las cuatro últimas se sueltan, se van hacia atrás adquiriendo mayor velocidad por momentos. En ese preciso instante, Mariana, tratando de atajar para llegar a su puesto de trabajo, atraviesa la vía. Al ver lo que le viene encima, trata de saltar hacia atrás, hurta el cuerpo pero no los pies que resbalan en el talud.


Antiguo Sanatorio de Bustiello. Mieres.

El minero le deja una caja con casadielles sobre el embozo de la sábana -Son de casa, a ver si te gustan- le dicen mientras arrima una banqueta para charlar con ella. Aunque parezca extraño, va a ser la primera vez que se hablan. Se ven todos los días, él la mira con una sonrisa, blancos los dientes en aquella cara tiznada, Ella elige aquel camino por verle, pero hasta ahora, solamente un saludo llevándose él la mano a la gorra, a la que ella corresponde alzando la mano. Pero palabras, ni una, exceptuando un; "Tranquila, déjame hacer", mientras se quita el cinto con el que le da dos o tres vueltas a cada pierna. Posiblemente aquello servía de poco, la sangre no era demasiada, pero siempre tranquiliza que alguien haga lo que puede en tan amargo trance.

Mariana tiene dieciocho años para diecinueve, Francisco, Pachu, Pachín, Veintiuno para veintidós. Hablan del accidente ¡cómo no!  ¡Si me hubiera fijado! ¡Si no hubiera resbalado! ¿Qué voy a hacer ahora? Se lamenta ella. ¡Me tendrán que hacer zapatos especiales, tendré que aprender a andar de nuevo, me voy abambolear zangole mangole como barco movido por las olas... y ya no podré bailar! ¿Quién me querrá así?
- Yo te querré ahora, más que nunca y no en silencio. Desde que te ví el primer día, pensé: ¡Poco puedo, o contigo me he de casar! Nada te decía porque tú levantabas la mano como diciendo... ¡Bah, un simple caballista! Y creí que te parecía poca cosa, pero, con las diez pesetas que gano, puedo mantener la familia, y si no alcanza, cargaré vagones fuera de hora. Con uno diario es suficiente, son otros catorce reales. ¿Quieres que nos hagamos novios?

El destino quiso que la pareja lograra aquello que anhelaba.  Se han casado, bien es verdad que viven bajo un hórreo cerrado a calicanto, nunca mejor dicho; no hay ventanas, solamente una puerta de cuarterón siempre abierta para que pase la luz. El habitáculo es cocina, comedor, dormitorio, despensa... Todo en no más de veinte metros, con la única intimidad que dan unas cortinas que separan la cama de los niños, ya tienen tres, y la de los padres. Anaqueles en las paredes para cuatro cacharros, dos arcones para la ropa... allí no cabe un alfiler.  Pero son felices y no falta el pan en la mesa en tiempos de tanta hambre. Mariana  no baila ya, pero ha aprendido a tocar la vigüela y continua con el grupo de danza. Toca y canta a todas horas para sus hijos, y pronto, muy pronto, tendrán casa propia. 
El casado casa quiere, que decía su suegra, y que vio con alivio como su hijo se marchaba dejando un sitio que sus hermanos necesitaban. Ocho tenía la viuda de Juan el minero, a los que alimenta con lo que la huerta y una vaquina en el prado dan. Amén, claro está, de la menguada soldada de los tres de quince a dieciocho. Echaría sin duda de menos la paga del mayor, pero cada cual ha de buscarse su propia vida como mejor pueda.

Hay personas, que cuando se habla de la mina, se imaginan esta como un túnel, todo hacia adelante y arrancando el carbón de una pared que está de frente. Sencillo sería. Pero las capas son caprichosas y hay que ir en pos de ellas hacia arriba o hacia abajo,  tumbados a veces los mineros abriendo estrechos pasadizos, coladeros, con mala ventilación, gas, explosiones, derrabes, hundimientos...

Pachín tiene un ferviente deseo: Que las dos mulas jóvenes que tiene en casa de su madre, herencia que le dejara un tío sacerdote en un pueblo de Castilla, entren en la mina con sueldo y forraje. Una nueva desgracia le va a dar esa oportunidad.

A veces, el picador observa que el carbón se desprende con mucha facilidad. Cae por gravedad al estar mal consolidado, la experiencia entra en juego, valora y no le da importancia, continua con su labor. Otras veces, esa experiencia le dice que el volumen es demasiado importante, supone que el gas está empujando, que urge una retirada del tajo, y que lo valore el vigilante. Más en otras ocasiones, el derrabe es producido por una liberación súbita de energía sumamente peligrosa, peor si se trabaja en un plano inclinado.

Y sucedió, que un día, en aquella mina hubo uno de esos derrabes súbitos, impredecibles, en que los mineros hubieron de salir a la carrera, dos han quedado en algún sitio a resguardo, o enterrados bajo el mineral. El carbón se desprendió como si se hubiera abierto la compuerta de un pantano. A su paso arrancó la madera; mampostas, bastidores, o testeros. Pachu conoce la mina palmo a palmo y está cerca. De inmediato, ante las voces de alarma, desengancha la mula, coge unas cadenas y ambos se adentran hasta donde ha ocurrido el suceso. Masca el polvo del ambiente que poco a poco va siendo absorbido por los extractores. No se detiene a pensar en el gas, pero va agachado con la cabeza pegada a la panza de la mula. Llega a un muro de escombro que ciega la galería - ¿Hay alguien ahí? Pregunta a voz en cuello. Una voz responde - ¡Aprisa, hay poco aire! Estamos en el nuevo transversal aún ciego. Con la menguada luz de su lámpara, el caballista va amarrando los troncos con la cadena, tira la mula y los va extrayendo. El hueco que deja cada tronco que retira, es ocupado de inmediato por el carbón, si no llega pronto el auxilio... Sin embargo aquella maniobra va dando resultado, la altura del material va en descenso y ya se atisba hueco por la parte superior. Quizá pase el aire vivificante, pero también se corre el riesgo de hundimiento. Habría que mampostear. Ya llega el socorro, abren un coladero hasta un transversal inferior que se va tragando el derrabe, y tras duro trabajo sacan a los dos hombres de aquel escondrijo que otros estaban abriendo. Un par de piernas rotas ha sido el mayor daño.

A Francisco aquello le costó un rapapolvo por inconsciente; podía haber muerto gaseado o aplastado por hundimiento al faltar el entibado, incluso poner en mayor peligro la vida de los compañeros. Sin embargo, el señor director lo felicitó por su arrojo y le quiere hacer entrega de un sobre de gratificación.
Sin  alargar la mano siquiera Pachu, le dijo que la única gratificación que quería, era que sus dos mulas pasaran a engrosar la nómina de la mina, privilegio que tenían unos cuantos contratistas. Y así, con dos sueldos más, el minero pudo arreglar la casa familiar, y amestar junto a ella la suya propia.

El minero soñador encontró felicidad, prosperidad y bienestar en aquella mina que se llamaba igual que su mujer. Por supuesto que se quedó en el tajo, pero el sábado al acabar la tarea, se lleva sus mulas a casa. Pacerán todo el domingo en el prado, donde las cepillará para que se vean lustrosas y se sientan bien tratadas y queridas, 


Castillete Pozo Barredo.


2 comentarios:

Elda dijo...

Una historia muy bonita a pesar de los avatares por los que tienen que pasar los protagonistas, y que al final se van cumpliendo sus deseos.
Trabajo muy duro y peligroso me ha parecido esto de las minas, a parte de las consecuencias que acarrean para la salud de sus trabajadores, a la larga.
Muy bueno este relato que me ha encantado leer en esta fría tarde de domingo.
Bonitas fotos.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Queda tan lejos ya el domingo, que no recuerdo si aquí hizo bueno o malo. ¡Es tan cambiante el tiempo!.
Gracias por la lectura y el comentario Elda.
Salu2.