viernes, 22 de junio de 2018

El elixir maravilloso.



Introito:
Un tal Roderik MacNeill del que nada sé, pero personaje sin duda influyente, al menos para Alexander Carmichael, aseveraba  a este allá por la década de 1870, que la estirpe de las hadas nació como consecuencia de la venida a la tierra de los ángeles del cielo. Del tal Carmichael se sabe bastante más: Recopiló por toda Escocia en un trabajo memorable, oraciones, himnos, encantos, conjuros, bendiciones, poemas, canciones, proverbios, y todo aquello relacionado con el folclore de la tierra, editados en seis tomos bajo el nombre de Carmina Gadelica.
MacNeill le contó, si Carmichael le creyó o no es otra cosa, que, "el Ángel Rebelde, fomentó la rebelión entre otros ángeles para fundar su propio reino. Muchos lo siguieron, y viendo el Hijo que eran tantos como estrellas, y la ciudad estaba quedando vacía, se lo dijo a su Padre. Este mandó cerrar de inmediato las puertas del cielo y las del infierno, con lo que unos quedaron dentro y otros fuera. No teniendo los de fuera a donde ir, volaron hacia la tierra, más, temerosos de no ser bien recibidos, buscaron cobijo en cuevas, y con el paso de los siglos se fueron transformando exterior e interiormente en nuevas criaturas. ¿No os suena la historia?
Hay otra leyenda para el mismo tema y que a mí me gusta más. En ella se da por sentado que todos esos seres fascinantes, son los descendientes de los hijos - que Eva escondió por vergüenza - para que Dios no viera que aún estaban sin bañar. De hecho los lavaba en el río, cuando él le preguntó si todos sus hijos estaban allí, mintió ella, y el Señor la castigó haciendo que a partir de entonces nadie los viera.
Sea como fuere, ¡Qué sería de los cuentos sin las hadas sin los gnomos, trasgos, duendes, elfos, príncipes, princesas, brujas, ogros...! Dejarían sin duda de ser lo que son, se perdería la fantasía de las historias inventadas, de las que pudieron ser verdad y se envolvieron en un halo de misterio, de intriga o intimidad.
Hay quienes aún creen en la existencia de los descendientes de aquellos ángeles, transformados por el paso del tiempo y las distintas condiciones de vida que llevaron. Creen en los Pixies británicos, almas  de niños muertos sin recibir el bautismo, en los Leprechaun irlandeses, ricos, traviesos y aficionados a la zapatería. En La Vieya; mujer que puede cambiar de aspecto y tamaño a voluntad, apareciéndose joven o anciana, las Xanas, Anjanas, Mouras y tantos otros personajes recogidos en las tradiciones de comarcas y países con distintos nombres, pero similares formas o características. Yo jamás he tenido el privilegio de ver alguno de ellos, sin embargo, a una de mis lejanas abuelas nacida en Echterbosch, población holandesa próxima a la frontera alemana, le encantaba contar cuentos de seres fantásticos de uno y otro lado de aquella línea fronteriza. ¡Quién sabe si creía esas historias! Gracias a ella, y siempre por tradición oral, algunos llegaron hasta mí, y yo os contaré hoy el que más gustaba a mi abuela materna, nieta de aquella otra abuela.

El Elixir Maravilloso.

Estos son los intérpretes principales:
Parlerón; el gnomo.
Bellaura; la princesa.
Mirlitón; el mago.
Armagón; el hijo del leñador.
Lucanor; El Rey.

No lejos de las murallas de un burgo de mediano porte, habitaba un matrimonio con su hijo. Un hijo al que el padre deseaba ver crecer con; carácter, fuerte, resistente y a la vez maleable, para encajar los golpes que da la vida, como si de una armadura indeleble estuviera recubierto. Por ello, como si eso fuera suficiente para lograr su deseo, le puso el nombre de Armagón.

El muchacho fue creciendo alejado de los otros chicos, siempre metidos en peleas a imitación de los soldados, oficio que deseaban para ellos. Armagón gustaba más de aprender en los libros que su madre le llevaba prestados, de la casa del burgomaestre donde servía. Amigo de la naturaleza, era conocedor de plantas, hongos y toda clase de animales, a los que repetía aquellas fábulas que leía, y cuentos que la abuela le narraba.

Cuando llegó a la edad propicia, el padre estimó que debía aprender un oficio, y dado que él era un simple leñador, vista la naturaleza soñadora del hijo, quiso algo más liviano para él. Lo envió con un sastre que pronto se deshizo de él, porque embobado con los trinos de los canarios enjaulados, enfilaba las tijeras a desmano de las líneas trazadas, cortando unas veces de más y otras de menos. Lo mandaron al taller del zapatero, y este lo puso a limpiar calzado mientras iba aprendiendo la labor del maestro. Pero él se preocupaba más de atender a los animales de la casa, que de encerar los hilos para coser el cuero, o  a recortar tacones. También lo despidió. Igual sucedió con el herrero, y el carpintero. Todos se deshicieron de él, el uno porque la fragua se apagaba por falta de carbón y fuelle, y el último, por estar más ocupado con gallinas, perros, gatos, que a la pesada labor de lijar tablas.

Vuelto a casa sin oficio ni beneficio, sus padres no le auguraban un buen futuro. Quiso el destino que acertara a pasar por allí un tío, hermano de su padre, guardabosques del Rey, y que al chico puso los dientes largos con el ofrecimiento siguiente: "En casa tengo una jauría de perros a los que podrás alimentar y cuidar. Perseguirás liebres, conejos y venados, sacándolos de sus escondrijos cuando el rey venga a cazar"
Feliz con tal proposición, se fue con su tío y comenzó a cuidar de los perros a los que alimentaba, limpiaba y sacaba a corretear por el bosque. Hasta que un día, se llevó el disgusto de su vida. Para el sustento de la casa, el guardabosques mataba toda clase animales que se le ponían a tiro, los unos para la cazuela y los otros por el valor de sus pieles. Disgustado y lloroso al ver aquellas muertes, discutieron. "Si quieres ganarte el pan que te comes, has de cambiar de actitud", le dijo airadamente el guarda. Y ordenó: "Vete al bosque y trae una corza que he dejado herida en el robledal". Armagón fue para contentar a su tío.
La corza estaba tendida sobre la hierba. Herida en una pata trasera, podía haber tratado de huir, pero no lo hizo. Con sus grandes ojos miró al chico emitiendo unos sonidos casi inaudibles. La cogió en sus brazos y caminó hasta el arroyo para lavarle la sangre, luego, la vendó con un trozo de su camisa. Quiso ocultarla sin saber bien donde, pero ella le fue indicando el camino; una especie de ladrido ronco para indicar que por allí no, el piido suave para el correcto. Llegaron a un claro resguardado por una pared a un lado y árboles en derredor. Entonces se revolvió el animal hasta que Armagón lo depositó en el suelo.  La corza se izó sobre la pared posando sus manos en una llábana llena de verdín. Pateó la piedra con movimientos rítmicos a la vez que emitía un nuevo sonido. Tal parecía una contraseña, pues a poco, semejando la puerta de la cueva de Alí Baba, la losa se movió dejando paso franco. Por el hueco se introdujo indicando con la cabeza que la siguiera. El chico se fue tras ella encorvado por la poca altura de la galería, estrecha y oscura. Pasados unos metros, una fosforescente luz la iluminaba; cientos de luciérnagas asidas a las raíces de los árboles eran las causantes. Llegaron a una estancia donde encontraron un gnomo. Se presentó como  Parlerón. Tras sacar el plomo a la corza, ambos empezaron a dialogar en la jerigonza del animal. Armagón estaba embobado contemplándolos, y más cuando el hombrecillo le contó como los animales todos, le habían hablado muy bien de él.

- Ya que eres bondadoso con ellos, te voy a recompensar con algo muy valioso. Te daré un elixir para que comprendas el habla de mis protegidos, así sabrás lo que saben de los hombres, te servirá para mejor defenderlos, y puede que en tu propio provecho. Toma un par de gotas de este pomo cuando quieras saber lo que te dicen.

Armagón volvió a casa de su tío, que al verle llegar sin la corza, le increpó duramente: "¿Donde está la corza? ¿Es que ni para hacer un simple mandado sirves?" La disculpa del muchacho fue sencilla: "La he dejado marchar porque me dio pena". Entonces el guardabosques enfurecido lo llamó blandengue, bueno para nada, y como hicieran los otros, le echó de casa."¡Largo de aquí, vete a buscar la vida a otro lado, o que te mantenga tu padre!"



Con el hatillo al hombro caminó por la vereda del río. Olmos y abedules jalonaban las orillas, apareció la pradera junto a un remanso, y se acercó a refrescarse. Fue entonces que las ranas comenzaron a asomar sus cabezas fuera del agua, o asentadas sobre las plantas acuáticas. Cuando el muchacho se sentó, ellas comenzaron a croar. Tanto insistían en su canto, que Armagón pensó.... "¿No será que quieren decirme algo? Sería un buen momento para probar el elixir de Parlerón". Se puso las dos gotas bajo la lengua y dijo:
"Ranitas, de una en una, que con tanto croar no me voy a enterar"

Entonces, la rana más gorda de aquella especie de charca, dio un par de saltos y se colocó en primera fila.

"En una bolsa escarlata
hay en el fondo oro y plata 
también esmeraldas y perlas
que ciegan de solo verlas"

El muchacho lo buscó, y hallado el tesoro, lo sacó para esconderlo en otro lugar. Tomó una moneda de oro y tres de plata solamente, pues por el momento no convenía hacer ostentación.



Comenzó a caminar hasta llegar a una aldea, y viendo que la noche se acercaba, buscó aposento en una posada. El posadero le dio una pequeña habitación con una ventana a la que se asomó. Enseguida oyó el ulular persistente de un cárabo, y sabedor Armagón de que en muchos lugares se le asocia con la mala suerte, incluso con la muerte, se puso dos gotas en la lengua para saber lo que anunciaba. 
Houuuu, ho, ho, ho, houuuuu, volvió a la carga el ave. Y él maravillado entendió:

 "Ahora rápido debes escapar
el posadero y su criado
son rufianes de cuidado
 planeando robarte están"

Y aunque apenas si tenía algo que robar, solo las cuatro monedas llevaba, salió por la ventana dejando la lámpara encendida. Pasó al tejado, de allí a un árbol próximo desde donde escondido vio como el posadero y su criado, portando sendos cuchillos, lanzaban imprecaciones ante el fallido robo.

Tras pasar la noche durmiendo al sereno, despertó entumecido, así que empezó a caminar a buen paso. En un prado encontró un precioso caballo blanco que al verlo comenzó a relinchar quedamente, le acarició la frente, pero el équido, con ojos tristes y mirada insistente, continuaba relinchando. Dos gotas tomó nuevamente Armagón, y esta especie de acertijo fue lo que escuchó:

"A lo que te voy a decir Armagón
presta mucha atención:
Se encuentra triste y llorosa
de sangre solo una rosa
podrá aliviar su dolorido corazón"

Comprendió el muchacho que alguien estaba en apuros, y montando sobre el caballo le dijo:

"Presto me has de llevar
adonde está ese doliente corazón
por ver si se puede encontrar
al caso una solución"

Y el animal lo llevó hasta un palacio por cuyas puertas entraban las gentes en busca de información. Caras apenadas, quedos murmullos, más, cuando vieron a Armagón sobre el caballo, cambiaron sus expresiones mostrando un júbilo desbordante.
¡El caballo del rey! ¡Sí, sí, es el caballo del rey! Exclamaron, y todos atropelladamente le preguntaban dónde estaba su señor Lucanor. Armagón, que ni idea tenía del motivo por el que a él se dirigían, pidió ser llevado a presencia del dignatario que lo representaba. El anciano de luenga barba, alertado de lo que sucedía ya salía a recibirlo. Por él supo Armagón la desgracia que vivían en la ciudad, y pronto, si no encontraban remedio, en el reino entero.

- Nada sabemos de nuestro señor, desde que el mago Mirlitón se presentara en palacio con la pretensión de casarse con la princesa Bellaura. Como quiera que ni a la princesa ni a su padre, les gustó la arrogancia y el horrible carácter del viejo y feo Mirlitón, este les lanzó un conjuro. Desde ese momento, la princesa se va ajando de tal forma, que un día transcurrido es como si hubiese pasado un año. Del padre nada se sabe, desapareció a la vez que el caballo, pero si lo del noble bruto tiene explicación; el caballo huyó porque se mostró reacio a dejarse montar por el mago, que lo apaleó, para la desaparición del rey no la hay. De ahí el júbilo de tu recibimiento, al aparecer el caballo, pensamos que nuestro querido monarca también habría aparecido.
- ¿Y dónde está ahora el tal Mirlitón?
- Según dijo, iba a su morada de las montañas para recoger unas pertenencias antes de la boda. Piensa quedarse a vivir aquí.



- Bien, vayamos por orden, lo primero la princesa, después nos ocuparemos del mago o del rey según convenga. Conducidme a sus aposentos y veamos si su mal tiene remedio.
Camino a los aposentos de la princesa, Armagón hubo de pasar por un claustro de arcos al que llamaban De la Reina, pues circundaba el jardín donde la difunta madre de Ballaura gustaba del esparcimiento cultivando flores. El joven recordó la rosa que le mencionara el caballo, y presto inició la búsqueda de la roja flor. Encontró el rosal junto a una cantarina fuente, eligió la más bella y la cortó. Siguió su camino hasta una pequeña puerta que comunicaba con la sala del trono. La estancia era un rectángulo de altas paredes en las que había grandes ventanales en la parte superior por donde se colaba la luz, varias puertas en la inferior... y nada más. Solamente un pequeño estrado, y sobre él un sencillo sillón a modo de trono. La sala completamente vacía, sin otro ornato que un techo pintado de negro, donde miles de cristales de colores, semejantes a piedras preciosas, daban la apariencia del mismo firmamento cuando eran iluminados por el sol, o las flamas de las velas en los candeleros. Sentada sobre un cojín, en el suelo, se hallaba la princesa absorta en sus negros pensamientos. Al entrar Armagón, Bellaura se cubrió la cara con el velo, y preguntó:

- ¿Quién sois y qué queréis?
- Me llamo Armagón señora, y creo tener el remedio para vuestra desesperanza. Por favor, tomad esta flor y aspirad su perfume.

A la princesa aquella propuesta le pareció banal, la quimera de un alucina... de un joven guapo y apuesto, rectificó su pensamiento al verlo. Alargó la mano y aspiró profundamente. Al instante su ánimo se vio libre de toda su pesadumbre, de la melancolía que padecía desde que Mirlitón apareciera por el palacio. Salida de su abstracción, se interesó ahora por la aparición el caballo de su padre, ya que ninguna atención había prestado al noble anciano cuando este se lo contó. Aún cuando o su ánimo se recuperó, no sucedió semejante transformación con su físico, dos meses habían pasado desde el hechizo, sesenta años sobre los diecisiete hacían setenta y siete; arrugas, verrugas, nariz y orejas grandes, espalda cargada... ¿Dónde estaba la hermosura de la bella, el aura que la hacía resplandecer?

Ya se disponía el joven a despedirse alegando que aún le faltaban por cumplir dos misiones; encontrar al rey, y ver la manera de librarse del brujo y sus hechizos, cuando entró la gata Sultana acompañada de sus cuatro gatitos. Se fue hasta Armagón en cuanto lo vio, y enredándose entre sus piernas con el rabo en alto, comenzó a miagar a la par que lo miraba a los ojos.
Comprendió el joven que algo le decía, y otras dos gotas del brebaje tomó, y esto fue lo que entendió:

"Pon remedio a esa figura marchita,
 a los achaques de la princesita.
Propón que con agua clara
de la fuente cantarina
se lave la cara
y volverá  a ser divina.

Y Armagón corrió al patio De La Reina, de la fuente llenó un caldero con agua y regresando a la estancia, le pidió que se lavara la cara.
De nuevo pensó la princesa que el joven estaba un poco loco, más... si el remedio de la flor había acabado con toda su conturbación, alguna razón había de tener para pedirle aquello. Se apartó el velo, haciendo cuenco introdujo las manos en el caldero y se echó el agua a la cara. En ese mismo momento, comenzó a sentir como su flácida piel se tensaba, cómo los músculos todos de su cuerpo recuperaban el vigor, se enderezaban los torcidos huesos, y volvía a ser la hermosa joven de dos meses atrás.
De inmediato Armagón quedó prendado de la princesa, también se dio cuenta de que con aquella pinta de pueblerino, Bellaura no se iba a fijar demasiado en él. Ni siquiera Mirlitón lo consideraría un rival de entidad. Necesitaba mejor porte para enamorar a la una, y que el otro se fijara en él como competidor y así tratar de anular sus trucos.
Armagón, en el caballo del rey, partió hacia su ciudad, pasó por el bosque en busca de más monedas con que pagar vestidos y armadura, entonces oyó el insistente y monótono canto del cuclillo que de rama en rama parecía seguirlo. Nuevamente tomó las dos gotas y escuchó:

- "Cucú, cucú
Merlitón brujo y mago odioso
con el anillo el hechizo lanzará,
aparta de su camino brioso
e interpon un espejo donde se reflejará.

De dónde tenía escondido el tesoro, se llevó una buena bolsa, y ya en casa de su antiguo maestro el sastre, merco elegantes trajes, en la del zapatero botas y zapatos de gran hebilla, al herrero una coraza bruñida le pidió, un morrión de bello plumero y espadín de hermosa empuñadura. A seis criados que a su servicio tomó, mandó guardar todo aquello en sendos baúles, comprados al carpintero y que subieron a un carruaje. Pasó por casa de sus padres que no salían de su asombro,  sobretodo cuando recibieron una buena bolsa de oro y la promesa de que les llamaría para una boda que pronto iba a concertar.
De camino nuevamente hacia el palacio, Armagón, que no había dejado de pensar cómo podría vencer a Mirlitón, escuchó la conversación de dos tórtolas turcas:



- "Cucurrú, cucurrú.
El bueno de Armagón
tiene un problemón
ha de encontrar al rey
y acabar con Mirlitón.
Cucurrú, cucurrú.
Para el mago Mirlitón
parece tener solución
para el rey diremos nosotras:
No debes ser sacapotras
Cucurrú, cucurrú.
En Lavandera dentro del carbayón
con un tajo de arriba abajo
debes abrir el milenario roblón
y saldrá el rey sin trabajo.
Cucurrú, cucurrú.

Y así lo hizo Armagón, llegado al pueblo de Lavandera, desenvainó el acero dando un tajo al árbol. Apareció el rey como por ensalmo, y una vez fuera, el roble se cerró de nuevo, ni un rasguño le quedó. Tras contar al desorientado Lucanor los sucesos acaecidos desde su desaparición, quiso Armagón tornar el caballo a su dueño, más el rey le dijo: "En mucho lo estimo y por defenderlo del malvado, así me vi condenado. ¿Quién mejor que tú, que bien lo entiendes, podrá conseguir con él lo que pretendes?"

Ya en palacio, prepararon la estrategia para cuando llegara el mago, veremos el resultado, pues las fanfarrias que lo acompañaban, anunciaban la llegada de Mirlitón. Cuatro carretas con matraces, probetas, pipetas y gavetas, tortas y retortas, alambiques y potingues, activos y reactivos, muflas y chuflas, morteruelos y crisoles a más de otros innumerables traía con él. Pero, al entrar en la plaza de la armería, las fanfarrias callaron. Un silencio sepulcral en el ambiente, ni una tos, ni un carraspeo, ni un movimiento a pesar de que la gente de toda la ciudad se encontraba allí. Sentados El Rey y la Princesa con Sultana en el regazo, todos los demás de pie. 
Se bajó Mirlitón del carruaje sorprendido, airado y contrariado, y dirigiéndose  hacia Lucanor, con voz chillona preguntó:

- ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Y Lucanor le respondió:

- Sucedió, que el más inteligente, bondadoso, humanitario y servicial de todos los hombres, el mejor, el más grande de todos los sabios, ha deshecho tus mortíferos hechizos y va a acabar ahora con tu poder. ¡Este es: Armagón!

Mirlitón, que destilaba odio hasta por las orejas, miró al erguido joven con las manos a la espalda, y confiando en su poder, lanzó su conjuro:

- "Ego convert haec homine in rat"*

Del brazo al frente, la mano por delante, el puño cerrado, partió del anillo un rayo de luz cegadora dirigida a Armagón. Más, apartando la capa que cubría su pecho, apareció la bruñida coraza que repelió el rayo como le dijera el cuco, y que de rebote dio de lleno en Mirlitón. Una blanquecina nube lo envolvió por un momento, luego, el mago fue menguando, menguando hasta que desapareció. Solo sus ropas quedaron en el suelo, y de entre ellas, huyendo salió una rata, que prestamente Sultana atrapó.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.  Solamente falta decir:
Bellaura y Armagón se han casado, van a ser felices aunque no comerán perdices. El elixir se ha terminado, a Armagón no le importa, ahora comprende y habla el animalingua. Mirlitón vive en una jaula de la que no sale, no porque no pueda, pues está abierta; teme demasiado a los enredos de los gatitos de Sultana.

* Aunque ahora parezca que ya no viene a cuento, la traducción del latinajo viene a ser más o menos: "Voy a convertir este hombre en rata".

 19/06/2018






3 comentarios:

Elda dijo...

Hola Alfredo. ¿Cómo estás?, espero que bien. Me he pasado por aquí a saludarte y he visto que habías editado en junio, y en esas fechas estaba en el Mar Menor disfrutando de las aguas templadas de esa zona.
No he leído tu cuento, lo haré, pues ahora dentro de un rato tengo que salir.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Me alegra que saber que lo pasas -como mi nieta pequeña dice: divino de la muerte-
Yo estoy bien, esperando. Me han cambiado tres veces los potingues de los ojos, y no se deciden a operar, cosa que tampoco deseo. Dicen que están valorando. En fin, veremos. Lo peor es que no puedo leer ni escribir más que un ratito al día, la pantalla del ordenador es veneno.
El fin de semana te visito.
Un abrazo y muchas gracias por todo.

Elda dijo...

Hola Alfredo. Aunque tarde ya he leído tu cuento y me quedo anonadada pensando como es posibles que tengas tanta imaginación, y a parte de eso, la variedad de palabras que usas que algunas ni las conozco refiriéndote a utensilios y otra cosas.
Me ha gustado mucho leerte de nuevo, y ver las fotografías con las que acompañas el cuento. Lástima que todavía no estés bien de los ojos para que sigas escribiendo, pero bueno tendrás que tener paciencia a ver que deciden.
Un abrazo y buen fin de semana.